lunes, 24 de octubre de 2011

El Espejo


El espejo narra la historia de una tarde de septiembre. En ella se cuenta que ha pasado un tiempo desde que se encontraron aquella tarde. Ellos han recorrido las calles y contemplado como los muros pueden gritar en silencio. Sus manos se juntaron y surgió la infinita fuerza de los que creen en los sueños. De esta forma fue como comenzaron a volar. Coincidentemente, aterrizaron en esta vida, en algún punto de esta metrópolis esquizofrénica y ansiosa de consumir. La vida los hizo coincidir en unos de sus paraderos, entre una de sus tantas vías y de esta manera esta debe haber tomado el camino correcto.

Hoy se encuentran aquí, inmersos de lleno en la aldea global, instalados en sus callecitas, y se propusieron aportarse el uno al otro, y también aportar a los demás lo que sus manos pudiesen entregar. A juicio de estos amantes, el arma más poderosa. Caen en la agonía de una cama desenfrenada. El placer, los impulsos y tantas ganas de amar. Lloran por el tiempo perdido y se vuelven a rehacer. Siempre con la esperanza de que unidos pueden llegar más lejos.

Apostando a la libertad de pensamiento, diría que ellos sienten lo mismo que yo estoy sintiendo. O debe ser que la historia que acabo de narrar es solo el reflejo de mi alegría, mientras miro mis canas en este espejo.

sábado, 24 de septiembre de 2011

De Madera y Clorofila



El solo quería tocar el cielo. Sus padres engendraron su semilla amparados en el secreto de la vida. Sus ancestros fueron quienes cosecharon el fruto y arrancaron su placenta desde el bendito pubis de una gota de agua. Y de esta forma dio a luz y así broto la flor.

Siempre estuvo convencido de que sería tan alto como soñó. Pero paso el tiempo, y el corazón de madera seguía esperando. Los inviernos pasaron uno tras otro, aguardando que la profecía se cumpliese, pero las arrugas de su piel echaron abajo sus lagañas y comprendió el paso del tiempo.

Hoy se encuentra en medio de la nada, tratando de convencerse de que su destino aún no está escrito. Reflexiona, juega con el viento y a la vez comprende que las ilusiones son fáciles de hacer y que tal vez soñó demasiado.

Hoy se dedica a repartir alegrías y cuida de los enamorados. Además alimenta la tierra, reparte aire y juega con las hormigas, mientras yo contemplo impávido tratando de aprender la lección.

Me acerco para despedirme y tratar de empapar mi corazón de clorofila, quiero que cambie de color. Pero fugazmente deja caer una de sus tiernas hojas, la más hermosa de todas. En ella se encuentra grabada esta historia, que gentilmente recogí, la guarde en mi libro y la lleve conmigo.

martes, 9 de agosto de 2011

Desgraciado



Desde las trincheras iluminó un destelló encegecedor, un flash que incendió mas de alguna conciencia y que apaciguó mas de un alma.
Yo sentí pena y luego sonreí...

martes, 19 de julio de 2011

Instrospección y El Hombre de Abrigo Negro (Pequeña Vivencia Mendocina)


Han pasado algunos meses y muchos días, desde que decidí lanzarme definitivamente a esta aventura. De esta forma, quería en carne y alma comprobar si podría sobrevivir o sobremorir de esta manera. Me animé a desprenderme de muchas cosas, todo aquello que de alguna u otra forma mantenía atado mis pensamientos y convicciones, se fue evaporando, así de a poquito, entre alegrías y penas.

Nunca he sido muy bueno para hacer lo que se supone que debería hacer. O por lo menos, lo que muchos esperan de mí. Entonces fui haciendo amistades desde ese punto, tratando de encajar entre lo que me gusta ser y lo que desearían que fuese. Pero yo solo me empeño en no hacerle daño a nadie.

Así me encuentro hoy en día. En una combinación de sudor y rabia, pero con la frente en alto. Camino por la peatonal Sarmiento escondiéndome de las miradas, mis pasos largos me cobijan. De alguna forma trato de conservar lo más ritual entre lo humano que nos rodea. Llenar ese vacío que aguarda en cada esquina, y tratar de resolver día a día el enigma entre la alegría y el llanto.

Hay un hombre de abrigo negro dando sermones en el lugar. Por un momento me recuerda la plaza de armas de Santiago, plagada de sus charlatanes que creen tener respuestas para todo, hasta para salvar a la humanidad y que no hacen más que sembrar el miedo y ceguez en las cabezas de quienes tienen la mente frágil. Pero este hombre es distinto, no habla de política y mucho menos de religión. Tiene el anhelo de querer vivir en un país que no tiene nombre, que se llama aire. Habla de echar raíces en una tierra sin dueño, que está aburrido en donde habita, porque siente que no se han hecho las cosas bien, que no hay un verdadero amor, que no hay una verdadera convivencia. Dice que en su tierra natal existen todas las cosas a la mano, un mundo de comodidades, pero siente que a la larga se sufre mucho más. Piensa que somos humanos porque estamos no más.

Enciende un cigarrillo, y entre el humo del tabaco se dibuja una silueta. Tiene forma de mujer, debe ser aquella musa que habita solo en su cabeza. Se llena de ideas y el cigarrillo se consume, al igual que su tiempo. Mira las vitrinas de Av. San Martin como buscando un objetivo. De pronto exclama: “El hombre de hoy es un hombre desamparado”. Todos lo miramos con detención y el silencio se apodero del lugar. Sin decirnos nada, podía yo leer en su mente lo que estaba tratando de expresarnos; sabía que estaba agobiado de ver al hombre actual encadenado a su propia pobreza, incapaz de detectar alguna arruga en el espejo cada mañana; buscando la felicidad en la mejor oferta y donde se entreguen los menos intereses posibles.

De un momento a otro, escapó muy de prisa del lugar tratando de perderse entre la gente. Lo seguí un par de cuadras, en dirección desconocida, hasta que lo perdí de vista. Desconcertado y con la duda de saber quién era aquel hombre de abrigo negro, camine buscando la ruta de regreso a casa. Al esperar cruzar la calle con luz roja el semáforo, alguien toca mí hombro. De inmediato el olor a tabaco delata al misterioso señor, quien al voltear me pregunta si es que pienso que él se encontraba loco o que pertenece a la raza de los pesimistas. Solo respondí con un breve movimiento de cabeza, afirmando una negación.

Creo que puse cara de asustado, y el asentó con una sonrisa. Me dijo textualmente: “Che, ojala que los pantalones no los hagan nunca más con bolsillos, para que no carguemos con cosas innecesarias, que nos hagan más pesados y nos impidan el vuelo al soñado país”. Luego, se esfumo nuevamente entre la multitud de gente.

Reaccione tarde del letargo, impávido me animé a caminar de regreso. - Lo malo es que me di cuenta que estaba perdido en las calles de Mendoza -. Mire al cielo, y me regale una de las mejores sonrisas que he tenido en mi vida. Tal vez encuentre algún atajo, ni pregunten como llegare a casa. Sé que no le importa ni a dios, ni me importa saberlo.

No lo pensare más y de una vez me pondré a caminar, porque ya es hora del Matecito, y esta tarde más que nunca, no me lo quiero perder.